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150 años del fin de la Comuna de París

Con el motivo del 150 aniversario del fin de la Comuna de París, desde El Baluarte recuperamos el texto de Karl Marx «La guerra civil en Francia» y lo ponemos en valor con relación a nuestro presente.

París durante la Comuna. Le Monde Illustré.

El 18 de marzo de 1871 el pueblo de París tomaba las riendas de su destino. No sería hasta el 28 de mayo del mismo año, tras la denominada Semana Sangrienta, cuando tal valeroso ejercicio revolucionario tocase su fin.

La Comuna de París

El 4 de septiembre de 1870, tras la derrota de Napoleón III en Sedán, se proclamó la Tercera República en Francia. Ante ello, el proletariado francés no sintió más que desconfianza: la Asamblea Nacional quedó bajo dominio de republicanos moderados y monárquicos y el Gabinete presidido por Adolphe Thiers, quien lleva a la máxima la idea de que un burgués va a hacer todo lo posible por preservar su poder.

Thiers sólo era consecuente en su codicia de riqueza y en su odio contra los hombres que la producen.

Si París ya era un caldo de cultivo, la coronación de Guillermo I como emperador de Alemania en Versalles, después de cuatro meses de sitio, sólo atirantó más la situación. El pueblo parisino, entonces, tuvo a su favor que el ejército prusiano se contentó con tomar una pequeña región aislada de la ciudad. El proletariado francés se plantó y rechazó la vergonzosa rendición a la que Thiers estaba dispuesto. Aún armados los trabajadores, pese a los numerosos intentos de desarme llevados a cabo por la burguesía desde 1830, obligaron a Thiers a asentarse en Versalles para intentar controlar la situación.

Thiers y Julio Favre pidieron sin el menor pudor, en nombre de la mayoría de la Asamblea de Burdeos, la inmediata ocupación de París por las tropas prusianas.

Por su parte, en París el pueblo se organizó en base a la Guardia Nacional, cuyo linaje revolucionario se remontaba a 1789. Sería en febrero de 1871 cuando se crease la Federación de la Guardia Nacional, cuya cúspide era ocupada por un Comité Central.

 

El 18 de marzo de 1871 nace, de forma oficial, la Comuna de París con la toma del poder por los artesanos y obreros. El detonante fue el descubrimiento de la traición del gobierno provisional, que quería robarle las baterías de cañones, lo que acabó con el enfrentamiento entre el ejército y el pueblo, y el fusilamiento de los generales Lecomte y Thomas. Aquellos, afirma Marx, serían los únicos sucesos violentos del proceso revolucionario, junto los eventos de la plaza Vendôme. Ante ello, Thiers mandó evacuar la capital y, ante el vacío de poder, la Guardia General convocó elecciones. El poder provisional quedaba en manos de republicanos radicales y blanquistas.

En mitad del asedio, los comuneros redactaron una serie de decretos en materias como educación popular o separación de Iglesia y Estado. Así mismo, la Comuna soportó los dos meses de bombardeos por parte del gobierno provisional.

No sería hasta el 21 de mayo cuando el ejército de Versalles consiguiese franquear la Porte de Saint-Cloud, dando comienzo la llamada Semana Sangrienta. El 28 de mayo, la Comuna toca su fin y se instaura la ley marcial durante cinco años.

El Muro de los Federados del cementerio de Père Luchaise, donde se consumó el último asesinato en masa, queda todavía en pie, testimonio mudo pero elocuente del frenesí a que es capaz de llegar la clase dominante cuando el proletariado se atreve a reclamar sus derechos. – Friedrich Engels, Introducción de 1891.

Las enseñanzas de la Comuna

Si queremos decirlo así, uno de los errores de la Comuna fue no apropiarse del Banco Central. De hacerlo, habría tenido acceso a los fondos y habría privado a la burguesía de su capital y, por ende, de los recursos para sobornar a las potencias extranjeras para solicitar ayuda.

Del mismo modo, si bien reformó los cargos administrativos, que podían ser elegidos y revocados de forma popular, y restringió el salario de los funcionarios al de un obrero. Marx aclarará, y posteriormente Engels lo reiterará en la introducción de la obra, que la clase trabajadora no puede limitarse a conquistar el Estado burgués. Ha de dar sepultura a las estructuras que le son inútiles, pues sirven a la burguesía, y erigir el poder proletario hasta la posterior extinción del Estado como herramienta misma. La Comuna de París supone el alzamiento del pueblo y la conquista parcial de la estructura de poder. La victoria, no obstante, no podía obtenerse con las bases de un sistema de raíz burguesa proveniente del proceso de 1789. Tras dos meses y la acción de las potencias militares extranjeras, el primer proyecto revolucionario verdadero de la clase obrera se desplomó.

El grito de “república social”, con que la revolución de Febrero fue anunciada por el proletariado de París, no expresaba más que el vago anhelo de una república que no acabase sólo con la forma monárquica de la dominación de clase, sino con la propia dominación de clase.

La clase obrera puede tomar, pero no puede usar eficazmente para sí un sistema que le es ajeno desde su concepción. Debe existir, siempre y en última instancia, algo que conquistar. En lo que respecta al Estado, es común ver hoy a autodenominados “comunistas” alzar el hacha de guerra contra su propia nación, en pos de verla rebajada a cenizas por potencias militares extranjeras. Si el Estado no es soberano sobre su propio territorio, surge la duda de qué poder va a tomar la clase trabajadora, cuando las riendas de la nación las llevan bloques imperialistas, o cuando todas las estructuras de poder están fuera incluso de los límites de la nación.

 

Aun con sus luces y sus sombras, la Comuna de París supone el mayor ejemplo revolucionario del siglo XIX. El impacto que tuvo, no sólo por la acción de los hombres, sino también por las palabras de Marx, guarda ecos en la actualidad, revirtiendo un corpus teórico de primer orden para las luchas venideras.

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