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‘Classic nudes’: ¿hay porno en los museos?

Con esta artimaña, PornHub ha obtenido la repercusión buscada, pero reconoce que la pornografía se basa en la mercantilización de la mujer y su oferta como un objeto más de consumo. Un paso en falso de una de las grandes representantes de una industria destinada a su abolición.

Fotograma de la campaña 'Classic Nudes'. PornHub.

Hace unos días el mundo del arte amanecía con la noticia de que PornHub, el conocido sitio web de pornografía, ha habilitado una guía con “las obras de arte más sexis de la historia”. En su página de inicio, la plataforma alega que, ante la visión aburrida que se tiene de los museos, creen fervientemente que, si bien “el porno no puede considerarse arte, el arte puede considerarse porno”.

Para ello recurre a obras de arte expuestas en grandes museos, como Uffizi, el Museo del Louvre, el Metropolitan de Nueva York o, sin ir más lejos, el propio Museo del Prado. El director de este último, Miguel Falomir, alega que las imágenes del museo están a libre disposición siempre que no se usen con motivo de venta, sin embargo, si bien la web no está haciendo tal uso, sí que considera que se usan sus imágenes para ganar notoriedad. Por parte de la institución y de otras involucradas, la crítica no ha ido más allá de estas cuestiones legales.

 

La iniciativa, vendida como un incentivo para visitar los museos, no es más que un reclamo publicitario. A esta conclusión no es difícil llegar, por supuesto. Lo que se pretende detrás de ella es la legitimación de la pornografía y su justificación. Algo que le viene de perlas al sitio web, que no hace mucho fue acusado de ser un coladero de abusos sexuales y porno de menores.

Lo que se busca con esta campaña es equiparar la mirada del espectador en un museo con la del consumidor de porno para justificar a este último. No sólo justificar el consumo de porno, sino la presencia de una industria basada en la no reciprocidad en las relaciones sexuales y la cosificación y la mercantilización de la mujer.

¿Hay porno en los museos?

Esta iniciativa pone sobre la mesa, de nuevo, el debate sobre la posición de la mujer en los museos. Desde las Guerrilla Girls con su famosa pregunta ¿Deben las mujeres estar desnudas para entrar en los museos? hasta la actualidad, la presencia femenina en el arte y cómo se da ha sido una cuestión en las tertulias artísticas y en la propia academia. Una cuestión nunca atajada de forma definitiva y siempre a merced de las corrientes posmodernas que ponen el foco en las obras y no en las alcayatas de las que cuelgan.

Al asegurar que “el mejor porno está en los museos” y al querer equiparar el consumo de porno con la experiencia museística, y teniendo presente lo expuesto, PornHub se reconoce afirmando la dicotomía sujeto consumidor-objeto consumido o sujeto contemplador-objeto contemplado, siendo el segundo la mujer. Al trazar esa conexión, únicamente posible por esa dicotomía, PornHub se ve afirmando las acusaciones que se vierten sobre la pornografía con respecto a la mujer.

Si queremos dedicarnos en profundidad a la pregunta que abre el artículo de primeras nos daremos de bruces con un muro. No es una mentira decir que muchas obras se crearon para uso y disfrute privado del comitente, como bien podría ser la Maja desnuda de Francisco de Goya, encargada por Manuel Godoy y que forma parte de esta guía. Sin embargo, el arte que hoy vemos en los museos dista mucho de considerarse pornografía.

El llamado arte erótico no lo ha inventado PornHub y, de hecho, los estetas han dedicado ríos de tinta a trazar las diferencias entre éste y la pornografía. La diferencia principal y definitiva entre ambos radica en el interés, pues hay una clara discrepancia entre el interés en una persona de carne y hueso y el interés en un objeto despersonalizado. La pornografía convierte a la persona en objeto de fantasía, cosa que el arte erótico, aun con ese componente sensual e impregnado de deseo, no hace. El arte erótico radica en la subjetividad, el deseo de conectar con el otro.

La pornografía, como la esclavitud, representa una negación del sujeto humano, una forma de negar la exigencia moral de que los seres libres traten a los demás como fines en sí mismos. — Roger Scruton.

Por otro lado, considerar ese arte como porno lleva, primero, a hablar de los museos como grandes salones de pornografía y consumo de la sexualidad. Nada más lejos de la realidad, los museos nacieron para abrir el arte al público. El proceso de catalogación y exposición de las obras contempla que el objeto a ver no se redime a una experiencia física, mucho menos sexual, sino que trasciende a la mente del visitante. El espectador contempla la obra, penetra en ella y deja que ésta penetre en él y altere su psique. El arte hace sentir, pero las emociones que le corresponden no vinculan con lo físico, sino con la mente. Mediante la potenciación de la imaginación, el espectador vive una experiencia estética completamente ajena a la producida por cualquier otro objeto.

En segundo lugar, y conectando con expuesto, el museo puede concebirse como una cápsula del tiempo. Cada obra de arte supone un pedazo de un contexto determinado. Ese contexto se ve aislado y almacenado en grandes salas, precisado de una labor de pedagogía para hacerlo comprensible para el público general. Aun con esa labor pedagógica y de adaptación de la que se encargan los profesionales de la historia del arte, la obra que a nosotros nos llega nunca es igual a la que un día se acabó en un taller y se presentó a su comitente. No hablamos en términos formales, sino en términos simbólicos.

Afirmar de forma tácita que el arte puede ser o es porno es pasar por alto la metodología histórico-artística envuelta en la presentación final en el museo y la propia naturaleza del arte. Claro que uno no cuenta con que eso le interese a una empresa, y menos de esta índole.

Si bien las instituciones involucradas no han ahondado en la cuestión, y tampoco han sido tantas las voces que se han pronunciado, pese a lo que se podría esperar, la iniciativa deja al descubierto las grietas del “revisionismo” ejercido desde algunos sectores de la historia del arte. Que una empresa de pornografía se atreva a equiparar su contenido con el arte denota que, ni de lejos, se ha tocado la raíz del problema. De nada sirve sacar a las mujeres de los almacenes si la metodología de estudio y, para la cuestión, el propio sistema, no se tocan de raíz.

Aun con eso, la artimaña ha salido bien y mal a partes iguales: han obtenido la repercusión buscada, pero reconocen que la pornografía se basa en la mercantilización de la mujer y su oferta como un objeto más de consumo. Un paso en falso de una de las grandes representantes de una industria destinada a su fracaso y abolición.

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