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Cuando un golpe militar inició una revolución

«Españoles: acudid todos a las armas, único medio de economizar la efusión de sangre (…), no con el impulso del encono, siempre funesto, no con la furia de la ira, sino con la solemne y poderosa serenidad con que la justicia empuña su espada. ¡Viva España con honra!»
Hoy hablamos sobre la revolución española de 1868.

Alegoría revolucionaria de La Gloriosa (1874) revista La Flaca (detalle).

La historia del siglo XIX español es la historia de los pronunciamientos militares. Durante la centuria no hubo cambio político en nuestra patria que no estuviese acompañado —o fuese iniciado— por un pronunciamiento militar. ¿Cómo olvidar el levantamiento del general Riego, héroe nacional, contra el absolutismo de Fernando VII? Y aunque a todo el mundo le pueda parecer que los pronunciamientos, alzamientos y sublevaciones militares son, esencialmente, reaccionarios —recordemos el desgraciado 18 de julio de 1936—, el pronunciamiento del que os voy a hablar a continuación no lo fue.

Hablo del pronunciamiento del general Topete, en Cádiz, el 18 de septiembre de 1868. Daba así comienzo a la revolución liberal y progresista, dado el contexto, conocida como «La Gloriosa».

El descontento con el régimen de Isabel II, dominado durante las dos últimas décadas por el «moderantismo» de los partidos gobernantes desde 1844, no paraba de crecer. A inicios de 1866 estalla la primera crisis financiera de un capitalismo español ya maduro, provocada por las pérdidas y endeudamientos de las compañías ferroviarias, que habían creado la gran red de transporte de mercancías en España. Sin ella hubiese sido impensable el vertiginoso crecimiento y desarrollo del capitalismo en el país.

Con la crisis de la industria textil catalana dada la falta de algodón americano —consecuencia de la Guerra de Secesión— y las nefastas cosechas de la agricultura de los años 1867 y 68, el transporte de mercancía quedó paralizado. El alto coste de mantenimiento de la red ferroviaria era insostenible sin actividad, provocando el endeudamiento de dichas compañías, que arrastraron consigo a bancos y sociedades de créditos. No obstante, y para variar, no fueron los grandes capitalistas y políticos quienes pagaron las consecuencias, sino las clases populares. Fueron éstas las que debieron hacer frente a la falta de productos básicos como el pan, su infladísimo precio y el aumento del paro forzoso.

Toda crisis económica acarrea una crisis política. Ése era el ambiente que se caldeaba desde principios de 1866, y para el 16 de agosto de ese mismo año ya estaba firmado un pacto entre progresistas y demócratas españoles —muchos de ellos militares— con el objetivo de derribar el corrupto y decadente régimen isabelino, por iniciativa del progresista, general Juan Prim. El Pacto de Ostende —nombre de la ciudad belga donde se firmó— constaba de dos puntos:

1º Que el objeto y bandera de la revolución en España es la caída de los Borbones.

2º Que siendo para los demócratas un principio esencial de su dogma político el sufragio universal y admitiendo los progresistas el derecho moderno constituyente del plebiscito, la base de la inteligencia de los dos partidos fuera que por un plebiscito […] o por unas Cortes Constituyentes elegidas por el sufragio universal, se decidiría la forma de gobierno que se había de establecer en España, y siendo la monarquía, la dinastía que debía reemplazar a la actual; en la inteligencia de que, hasta que así se decidiese, había de ser absoluta la libertad de imprenta y si ninguna limitacón el derecho de reunión, para que la opinión nacional pudiese ilustrarse y organizarse convenientemente.

[…] que se reconocía como jefe y director militar del movimiento el general Prim.

La ambigüedad del primer punto permitió que la Unión Liberal —adscrita al pacto en 1868— propusiese un cambio de dinastía monárquica en vez de un régimen republicano.

Sería en Cádiz, el 18 de septiembre de 1868, cuando el almirante unionista Juan Bautista Topete se sublevase. Al día siguiente llegarían del exilio el general Serrano, Prim y Mateo Sagasta, quienes hicieron que Topete leyera desde el balcón del ayuntamiento gaditano un escrito de López de Ayala. Reproducimos su última frase:

Españoles: acudid todos a las armas, único medio de economizar la efusión de sangre (…), no con el impulso del encono, siempre funesto, no con la furia de la ira, sino con la solemne y poderosa serenidad con que la justicia empuña su espada. ¡Viva España con honra!

El grito final del texto se haría célebre e impregnaría de espíritu revolucionario a las masas que siguieron el pronunciamiento y el resto de la revolución. Así lo expresan otras consignas utilizadas por el pueblo como ¡Viva la Soberanía Nacional! o ¡Abajo los Borbones!

Pronto el texto sería apodado «España con honra», convirtiéndose en unos de los emblemas básicos del liberalismo político en España. Una de las grandes diferencias de este pronunciamiento con respecto a los anteriores fue que no estaba enfocado contra un determinado gobierno, sino contra todo el sistema. Esto caló profundamente en el pueblo dada la situación económica y, sobre todo, en la burguesía liberal, deseosa de deshacerse de parásitos oficialistas y vestigios feudales para incrementar su beneficio. Esto convirtió un simple pronunciamiento, como tantos otros habían ocurrido, en toda una revolución social de carácter democrático-burguesa. O al menos esa fue su caracterización.

Sin embargo, la ambigüedad y las discrepancias de los dirigentes respecto al modelo con el que sustituir la monarquía isabelina, hicieron de este proceso revolucionario un caos. Tras el exilio de Isabel II, el gobierno provisional, con Serrano al frente, tuvo en un principio la tarea de buscar una dinastía que sustituyera a los Borbones, pues las nuevas cortes habían rechazado la idea de una república.

Después de descartar a muchos candidatos y de que Serrano declarase «¡Encontrar un rey democrático en Europa es tan difícil como encontrar un ateo en el cielo!» las Cortes eligieron como rey a Amadeo de Saboya, quedando España constituida como monarquía parlamentaria. Apodado por el pueblo Macarronini I, no llegó a durar dos años en el trono. Su abdicación se haría esperar hasta el 10 de febrero de 1873. Un día después se proclamó la república en España.

Al margen de las citas y las anécdotas, el anterior fue un gran proceso revolucionario —aunque inconcluso—, que pretendió modernizar España. Aunque su desenlace fuera distinto, el objetivo era llevar a fin las tareas pendientes de la revolución democrático-burguesa iniciada en la guerra de la independencia española en 1808.  El recrudecimiento de la cuestión nacional, los derechos y libertades burguesas, la cuestión del campo e incluso el problema de la corona son cuestiones que aún están vigentes, ejemplo de esas mismas tareas inacabadas por un proceso fracasado.

No sería la ultima vez que se trataría de acometer dichas tareas en la historia de nuestra patria, también de manera infructuosa. Toda lucha que hoy se pretenda revolucionaria debe mirar al proceso de 1868, comprenderlo y concluir lo que entonces se empezó. Ello no puede hacerse sin tomar herencia del espíritu revolucionario y patriótico de aquellos que lucharon por una España con honra.

 

J de Acero

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