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La alcaldesa de Ciudad de México retira la efigie de Cristóbal Colón

Este hecho sólo es una bomba de humo que pretende ocultar la realidad de un país donde la pobreza y la corrupción se hacen notar. Este cambio, que apela únicamente a cuestiones identitarias, no sólo no plantea un cambio real para la realidad del pueblo, sino que es una zancadilla a los estudios historiográficos y una muestra más de la ola anti-histórica que asola a la izquierda del sistema.

Pedestal donde estaba la estatua a Cristóbal Colón.

Hasta hace un año, el Paseo de la Reforma de la Ciudad de México estaba presidido por una efigie de Cristóbal Colón.

Realizada por el francés Charles Cordier en la segunda mitad del siglo XIX, el conjunto se compone de la figura del navegante señalando el horizonte, a los lados y bajo los pies, Fray Pedro de Gante, Bartolomé de las Casas, Fray Juan Pérez de Marchena y Fray Diego de Deza.

Dicha obra, donada a la ciudad a finales de la centuria, debía ser protegida por la policía en las jornadas del 12 de octubre. Fecha en la que manifestantes de diversos colectivos han querido derribarla a lo largo de los años, siendo reseñables los sucesos de 1992, cuando llegaron a causarle daños. Momento a partir del que se intensificó su protección. Fue el pasado año cuando la estatua fue retirada de su emplazamiento bajo el pretexto de llevar a cabo obras de restauración.

Una cuestión de símbolos

Hace unos días, sin embargo, la Ciudad de México amaneció con la noticia de que dicha efigie sería reemplazada por otra en homenaje a las mujeres de los pueblos originarios. Ese nuevo símbolo queda bautizado como Tlali, que significa «tierra» en náhuatl, una imagen femenina pues, cuenta Pedro Reyes, su escultor, todos venimos y volvemos a ella. El mensaje que se quiere dar con esta nueva obra, con este nuevo símbolo en la capital mexicana, es la necesidad de cuidar el planeta y la enseñanza que se puede tomar de los pueblos originarios.

El descubrimiento de América lleva años causando polémicas. La propia alcaldesa, Claudia Sheinbaum, defiende que hay dos versiones: la europea, según la cual el descubrimiento libró a los aztecas de un régimen sanguinario; y la mexicana, según la cual los españoles cometieron un brutal genocidio en la ciudad de Tenochtitlán.

Siguiendo a las corrientes indigenistas, la presencia de estatuas de Cristóbal Colón y personajes semejantes es un rastro de la época colonial. Defienden que permitir que esas esculturas permanezcan en esos lugares, como símbolos, es el recuerdo del genocidio de su pueblo. Ello justificaría la retirada, derribo e incluso vandalismo de estas estatuas.

La era de la anti-historia

Los ataques contra el patrimonio cultural en nombre de luchas sociales llevan con nosotros años. Muchos denuncian el carácter opresivo de instituciones, como pueden ser las pintadas que eventualmente aparecen en iglesias, y otros la presencia de un vestigio del pasado, como es el caso.

Precisamente, el quid de la cuestión es comprender que la presencia de una estatua de Cristóbal Colón en una avenida no supone que esa persona, muerta hace 500 años, represente al pueblo en el que está. E igual que hablamos de Cristóbal Colón en las Américas, podemos hablar de cualquier escultura que haya en suelo español de un dirigente romano, árabe o de cualquier otra civilización o cultura que se asentase en nuestro suelo.

Hay que empezar a comprender que la Historia, como ciencia que es, se dedica al estudio de unos hechos y la construcción de un relato con, de nuevo, una base científica. La sustitución de la figura de Colón por la de una mujer indígena no tendría mayor relevancia si detrás no hubiese una idealización hacia el indigenismo, como si los pueblos precolombinos hubieran sido edenes.

Volviendo a las palabras de la alcaldesa, no es que haya una versión europea en la que América fue descubierta. Dado que en el viejo continente no se conocía su existencia, llegar a su costa supuso su descubrimiento. Descubrir no es inventar. Los conquistadores no se sacaron un continente de la manga, dieron con uno que resulta que siempre estuvo ahí.

Tener que explicar algo tan sencillo es una consecuencia de la aparentemente nueva tendencia historiográfica. Una que, más que guiada por la ciencia, parece sacada del cuento de hadas de turno, mirando siempre desde el presente con la esperanza de crear un discurso lo suficiente agradable para los sucesivos movimientos individualistas.

De primeras, el gran fallo es ver la Historia desde nuestra perspectiva. Cada tiempo tiene su pensamiento, sus costumbres y sus modos. Los historiadores del siglo XXI no pueden dejarse llevar por el modo de operar de su siglo. Del mismo modo, no es conveniente idealizar el pasado, algo que se suele hacer como una reivindicación de la identidad de un pueblo, idea que podemos trasladar a los nacionalismos en el siglo XIX o a los indigenistas hoy.

La Historia no tiene que gustar. No es un cuento, no es un relato de ficción. La labor del historiador no es construir un relato agradable, sino uno riguroso.

Bomba de humo

Sin embargo, este hincapié en la Historia resulta ser una gran bomba de humo. Sustituir estatuas y cuestionar la relevancia histórica o presencia de determinadas figuras es sólo una forma de distraer de los problemas que afectan directamente a la clase trabajadora.

Las instituciones se aprovechan de esta ola anti-histórica para enmascarar la corrupción de sus gobiernos y la pobreza de sus habitantes. La sustitución de esta escultura pretende subsanar unas heridas identitarias, pues son las únicas que parecen interesar. Por supuesto, interesan como reclamo, como máscara y antifaz tras el que esconderse y poder seguir obrando. ¿Acaso la presencia o no de la estatua cambia algo de la historia de México? ¿Cambia sus condiciones materiales? No. Es puro circo y distracción.

La noticia, por supuesto, se ha hecho eco en redes sociales, donde hay quienes han bautizado la maniobra de «movimiento maestro». Movimiento maestro porque sustituyen a un hombre de hace 500 años por una mujer indígena. ¿La situación del país? Absolutamente la misma, no supone ningún cambio real. La pobreza y la corrupción siguen ahí, pero de manera inclusiva porque en el Paseo de la Reforma la estatua es de una mujer y no de un hombre.

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