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Los pactos de Hitler

La criminalización que hacen del nazismo ha venido sólo para intentar hacerla extensible a la experiencia socialista más exitosa de la historia, cuyo recuerdo es, por mucho que lo deseen algunos, imborrable.

Mussolini (izquierda), Hitler (centro, izquierda) y el Primer Ministro Británico, Chamberlain (derecha)

Desde hace unos años, el 23 de agosto asistimos al Día Mundial de Prostituir la Historia. Oficialmente, el nombre es otro, pero el anterior nombre casa más con la realidad. En efecto, se trata del Día en Recuerdo de las Víctimas del Estalinismo y el Nazismo.

Sin entrar en el largo e interminable debate sobre quienes fueron, o no, las víctimas del mal “estalinismo”, resulta interesante el motivo de la elección de este día. Un 23 de agosto se firmó el Pacto de No Agresión germano-soviético, o Pacto Ribbentrop-Molotov.

El Pacto de No Agresión con la URSS

El despropósito se hace mayúsculo cuando no sólo se tergiversa y retuerce el origen y fin de este pacto, sino que se oculta la existencia de acuerdos entre el Reich nazi y las demás potencias capitalistas.

Los motivos del acuerdo de No Agresión germano-soviético no son en absoluto desconocidos: la necesidad de los soviéticos para preparar una defensa eficaz ante la inevitable invasión de la Wehrmacht.

Además, la negativa de las potencias capitalistas de Europa de establecer un Pacto antifascista, propuesto por Stalin, dejaba a la URSS desprovista de aliados a las puertas de un conflicto brutal.

Los autoproclamados demócratas, representantes de las clases adineradas europeas y americanas, veían en el aislamiento de la URSS una oportunidad excelente para que la recién despertada bestia germana clavara sus zarpas.

En palabras del presidente norteamericano Truman, el fin último de la Segunda Guerra Mundial era dejar a nazis y soviéticos matarse entre ellos.

No es de extrañar que el pacto de No Agresión resultara un jarro de agua fría para quienes, desde esta parte del mundo, se frotaban las manos ante la posible extinción del socialismo soviético.

Pero ¿qué ganaba Alemania con el pacto? Entre otras cosas, la toma de Polonia occidental y el paso hacia Danzig, de interés alemán.

Aunque es indiscutible que este reparto era sólo temporal, pues los intereses expansionistas del III Reich apuntaban hacia tierras eslavas; así habían definido su Lebensraum.

La guerra estallaría tarde o temprano en la frontera oriental, y es algo que ambas potencias implicadas conocían.

La farsa de la equiparación

Si, bajo la lógica del Parlamento Europeo, el 23 de agosto es el día en el que equiparar nazismo y comunismo, ¿Qué es, entonces, el 30 de septiembre? Este día de 1938, los representantes de Francia, Gran Bretaña y la Alemania nazi se sentaron para regalarle a Hitler la región checoslovaca de los Sudetes. Más adelante, Hitler pasaría a tomar control del país al completo.

Siguiendo el razonamiento de nuestros queridos europarlamentarios, el 30 de septiembre debería ser el día de Recuerdo de las Víctimas del Nazismo y de la Democracia Burguesa.

Los parlamentarios alegarán que el comienzo de la Segunda Gran Guerra estuvo determinado por la invasión de Polonia tras la firma del Pacto Ribbentrop-Molotov.

Como si este conflicto bélico fuera posible en base a un solo acuerdo, ignorando la política del apaciguamiento constante y la permisividad de las democracias burguesas para con el III Reich.

Las sucesivas escaladas, el rearme del Sarre, la participación abierta en la Guerra Civil Española, el reparto de Checoslovaquia con Hitler, la anexión de Austria, etc. No fueron, para los historiadores que de forma ruin esgrimen estos argumentos, una vía lo suficientemente directa al conflicto internacional.

Pero no queda todo ahí. Tras de los Acuerdos de Múnich de 1938, Hitler ratificó el Pacto Antikomintern que había firmado con los japoneses en 1936.

En 1941, estarían adscritos a dicho pacto, además fascistas italianos y nazis alemanes, croatas, búlgaros, finlandeses, españoles, húngaros, rumanos, y los títeres nipones de Manchuria.

Los pactos de la Alemania nazi con democracias y regímenes autoritarios de toda índole exceden la docena. En 1933 se firmó el Pacto de las Cuatro Potencias, propuesto por Mussolini, entre Italia, Alemania, Francia y Reino Unido.

Un año después, en 1934, el dictador polaco Pilsudski se reuniría con Hitler para la firma de un pacto entre ambos países.

En 1935, el Acuerdo Naval anglo-germano se haría realidad para establecer las condiciones de existencia de la Kriegsmarine (Marina de guerra de la Alemania nazi).

Previo al Pacto Ribbentrop-Molotov, tanto Estonia como Lituania firmaron sendos acuerdos de no agresión con la Alemania nazi. Algo comprensible dada su situación geográfica.

Contra el borrado de la Historia

Si miramos el desarrollo histórico que llevó a la Segunda Guerra Mundial, y los años posteriores al conflicto, se observa que por una ocasión en que soviéticos y nazis acordaron la paz, hay decenas de ocasiones en que las democracias burguesas y el nazismo acordaron, no sólo la paz entre ellos, sino la guerra sin cuartel a la Unión Soviética.

No se puede comprender, si no desde la propaganda y la criminalización infundada, que desde el Parlamento Europeo se promueva tal atentado contra la Historia reciente. Este intento de equiparar nazismo y comunismo cae bajo su propio peso. Los argumentos empleados bien sirven para meter en el mismo saco a quienes firmaran cualquier acuerdo con el III Reich, de la naturaleza que fuera.

El Pacto de Múnich de 1938, el silencio total de la prensa y la historiografía occidentales al respecto demuestran que no existe un verdadero compromiso para con la memoria histórica, la búsqueda de la verdad, y las víctimas de la barbarie nazi.

La criminalización que hacen del nazismo ha venido sólo para intentar hacerla extensible a la experiencia socialista más exitosa de la historia, cuyo recuerdo es, por mucho que lo deseen algunos, imborrable.

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