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Naim Darrechi y la generación que sueña con ser influencer

Los influencers resultan ser un producto más del capital en su afán por comercializar cada milímetro de nuestra sociedad. Sin embargo, tienen una gran responsabilidad dada la gran audiencia de la que gozan y que utilizan en su propio beneficio y no tanto en, como dicen ellos, “entretener, enseñar y crear contenido de calidad”.

Hace unas semanas hablábamos en esta misma sección sobre cómo las redes afectan a cómo los adolescentes se relacionan, así como a su sexualidad, tomando como ejemplo a influencers. Personas con fama que, en muchos casos, difunden discursos o actos preocupantes. Sobre todo si tenemos en cuenta a qué público se dirigen.

Entre estos creadores de contenido, como muchos prefieren llamarse, encontramos a los tiktokers. La gran mayoría de ellos catapultaron su fama durante el confinamiento, cuando poco se podía hacer y el móvil era el medio principal de entretenimiento.

Entre ellos está la figura de Naim Darrechi, famoso, entre otras cosas, por la cantidad de polémicas que ha protagonizado. En ningún caso éstas serían de nuestra incumbencia si no fuera porque tienen una gran repercusión en la mentalidad y comportamientos de muchos adolescentes, que pretenden seguir sus mismos pasos.

No hace ni un mes, en una entrevista con Mostopapi, Naim Darrechi explicó que él no utilizaba preservativo en sus relaciones sexuales porque “le molestaba un poco” y que cuando su pareja sexual se percataba, mentía diciendo que no pasaba nada porque él se había operado para no poder tener hijos. Esta polémica viene de la mano de otra en la que criticaba que el aborto fuera legal y gratuito, exponiendo que si una chica se descuida, es culpa suya, pero en ningún caso del feto que está gestando y por tanto no debe abortar, hablando incluso de los fetos gestados en violaciones.

Desde hace unos años, y acentuado por la pandemia, los influencers han ido ganando importancia y protagonismo en la sociedad. Ahora es uno de los trabajos soñados tanto por adolescentes como por adultos que ven en ello una manera sencilla para sacar dinero y popularidad. Una forma de sustento para la que, en muchas ocasiones, no se necesita más que tener labia y un mínimo control de las redes. Algo que antes se miraba de reojo, se ha convertido en otro negocio del que sacar tajada.

Cabe destacar que además los influencers tienen aparente carta blanca a la hora de manifestarse en redes, con normas que pueden resultar, para ellos, inexistentes, pues tener muchos seguidores es prácticamente un escudo. A más seguidores, más improbable es que te lleguen a cerrar la cuenta y más probable que simplemente te borren, como mucho, una publicación.

Esto genera una ausencia de autocrítica. En ningún momento piensan si lo que están diciendo es bueno o no, simplemente sueltan sus discursos, y si las redes saltan en contra, piden perdón o aluden a que no les han entendido bien, culpando a su propia audiencia. Esto se une a la tan de moda y denominada “cultura de la cancelación“, en la que si no se está de acuerdo con un personaje público —vivo o muerto— se tacha su figura escribiendo en redes sociales contra él sin mayor análisis. Esta actitud no tiene ninguna repercusión real sobre la persona o sobre la Historia —en el caso de los personajes muertos—, pero muchos “activistas” se suben a este carro y basan su actividad en ello.

La idea no es echar por tierra el trabajo de quienes sí que se preocupan de dar un contenido de calidad, ni mucho menos poner en el punto de mira a las redes sociales, que pueden ser de gran utilidad. Más bien, se trata de hacer ver la necesidad de unas “normas” en base a las que personajes como Naim Darrechi no puedan predicar la barbarie y después excusarse de la forma más absurda, teniendo en cuenta, sobre todo, el público tan joven que le ve.

Por otra parte, muchos influencers resultan ser auténticas herramientas de las grandes empresas para vender sus productos. Esto no es cosecha nuestra, ellos mismos lo reconocen en entrevistas, afirmando que hacen lo que sea para ganar más dinero y colaborar con marcas que paguen más. Si bien, en muchos casos, el producto a promocionar no es de su agrado.

Las marcas utilizan a estas personas para publicitarse, son una herramienta más en su objetivo de aumentar las ventas. Crean verdaderos monstruos, como adolescentes de 19 años, sin ningún tipo de estudio que lo hacen todo por ellas. Así nace la figura del “embajador”, alguien que se afilia a una marca, obteniendo enlaces y códigos por cuyo uso recibe una pequeña comisión. La clave está en que esta persona hace la labor que tradicionalmente haría un equipo de marketing: promocionar el producto y asegurarse de su éxito. Sin embargo, ve menos que las migajas de los beneficios que la empresa obtiene a su costa.

La conclusión que puede extraerse es que, al final, los influencers son un producto más del capital en su afán por comercializar cada milímetro de nuestra sociedad. Ello no les exime, sin embargo, de una gran responsabilidad dada la amplia audiencia de la que gozan y que utilizan en su propio beneficio, y no tanto en, como dicen ellos, “entretener, enseñar y crear contenido de calidad”.

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