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Las protestas se intensifican en Sri Lanka ante la grave crisis económica

Fiel a su accidentada historia, durante estas últimas semanas, Sri Lanka ha vivido momentos muy convulsos. No es para menos, el estado insular arrastra una larga lista de polémicas en su corta trayectoria.

Entre las más sonadas, se encuentra la represión a los Tigres tamiles, llevada a cabo por el Gobierno en 2009 para acabar por la vía rápida –y violenta– con la guerra étnica que el país arrastraba desde los años setenta. Ello dio lugar no solo a la derrota de la oposición armada tamil, sino también a un éxodo de miles de civiles que prosigue hasta día de hoy.

Otro negro episodio de la historia esrilanquesa son los atentados islamistas de 2019, que dejaron un saldo de más de 260 víctimas. Si la situación política ya era de por sí convulsa, la crisis del COVID en 2020 irrumpió con fuerza en el país, dando una excusa al Gobierno para declarar injustificadamente el estado de emergencia. La finalidad no era otra que acallar a las voces críticas, como varias entidades no gubernamentales denunciaron en su momento.

La depresión económica de los últimos años, con una inflación galopante y cortes crónicos de suministros, sumada al desprecio del Gobierno hacia el pueblo, ha llevado a muchos ciudadanos a rebelarse. En los últimos meses, los trabajadores han asaltado edificios institucionales, siendo brutalmente contestados por las fuerzas del orden del país. Tal fue el caso del asedio a la residencia presidencial a principios de abril, reprimido por la policía.

Las protestas se intensificaron durante finales de abril y principios de mayo, llegando a incendiar la casa casa del primer ministro, Mahinda Rajapaksa, horas después de renunciar a su puesto el día diez de este mes. Sin embargo, el poder sigue en manos de su hermano, el presidente Gotabhaya. Los Rajapaksa forman parte de la cerrada oligarquía que maneja los hilos de la política esrilanquesa. Sus partidarios, civiles armados por ellos mismos, patrullan las calles en busca de opositores al poder establecido. Estos últimos también han empezado a armarse, con el fin de defender sus reivindicaciones.

La escalada de violencia continúa, agravando la escasez de suministros. Si hace dos días, el Gobierno tuvo que admitir que ya no quedaban reservas de combustible en un país en el que los cortes de luz ya eran tristemente frecuentes, hoy, distintas organizaciones protestan por la falta casi total de medicamentos.

El resto del mundo se mantiene en vilo, atento a esta pequeña nación insular que atraviesa uno de los momentos más cruciales de su historia reciente.

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