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La Ley Celaa y la Historia sin fechas

La reciente reforma educativa, denominada LOMLOE (o siendo más técnicos Ley Orgánica 3/2020, del 29 de diciembre), lleva provocando un importante revuelo social desde que se comenzó a tramitar.

Rendición de Granada (1882), Francisco Pradillo y Oriz

La reciente reforma educativa, denominada LOMLOE (o siendo más técnicos Ley Orgánica 3/2020, del 29 de diciembre), lleva provocando un importante revuelo social desde que se comenzó a tramitar. Y no fue solo porque alzó un poco (y muy tímidamente) la voz sobre los abusos que existen en este país en lo referente a la educación de pago y como el Estado la subsidia y promueve. Se armó un importante escándalo en lo referente a la inclusión a nivel legislativo de términos como “ecofeminismo”, los «derechos LGTBIQ+», la “memoria democrática”, la “ética de los cuidados”, la inclusión de la reflexión sobre los animales como “seres sintientes”, o las “matemáticas inclusivas socioafectivas”. Al ser una reforma asociada a la “izquierda” liberal, la derecha ha sido la principal promotora de una campaña denunciando los abusos de la misma. Por ejemplo Carmen Iglesias, directora del cementerio de elefantes de la Real Academia de la Historia, clamó en contra de que la Historia de España se iniciase en 1808, ya que para los sectores nostálgicos del franquismo la nación española surgiría con el Big Bang y la posterior Pangea planetaria (o cuando Maradona creó mágicamente el mundo, dependiendo de las versiones). Esto se debe a que en la anterior norma legislativa en 2º de Bachiller la Historia de España se estudiaba desde la Prehistorioa, lo que suponía un delirio inalcanzable poder abordarla mínimamente en un solo curso. Otros personajes públicos como Pérez-Reverte o Javier Rubio Donzé también se mostraron contrarios a la nueva ley.

Pero más allá de ciertos criterios ideológicos patentemente promocionados por los partidos del gobierno, preocupan fenómenos como la omnipresencia y mayor poder de conceptos como el del “espíritu emprendedor”. Por no hablar ya del latrocionio que supone la eliminando la filosofía en la enseñanza secundaria.

Por cierto, esta moda de aprobar una nueva ley educativa (a cada cual más pusilánime) es uno de esos múltiples efectos especiales que activó la Transición para que aquello de que el país cambiaba de régimen sonase más creíble. En palabra de uno de sus principales dirigentes, Fraga Iribarne: simula que todo cambia, para que nada cambie.

Pero no, señores amantes de Trevijano y el flequillo de Gisbert, hoy no vamos a dar la matraca con lo de la democracia, sino que vamos a hablar de historia. Concretamente trataremos de identificar lo que supone la nueva ley educativa en lo referente a la historia en los institutos.

Antes de nada destacar que la enseñanza de la historia no es nada banal. El inicio de la educación a nivel estatal surge paralelo a la creación del Estado-nación, siendo la historia una materia clave en la conformación de un “relato nacional” que facilitase la homogeneización en todo ese mismo Estado.

Pasando ya al código legislativo, una de las principales modificaciones en el bachillerato es el abandono del factor cronológico como eje rector de los temas en la materia, ya que según el ministerio esto se asociaría a lo “meramente memorístico”. Concretamente se indica que “La organización de los saberes, su programación y su secuenciación pueden plantearse desde una perspectiva cronológica o más transversal”. Se da así una organización en bloques, siguiendo las directrices de la OCDE, en contra de la visión anterior calificada como “enciclopédica” o “competencial”. Estos bloques serían: El avance de las libertades, Diversidad de identidades (ni siquiera se incluye el epíteto de “nacionales”), Progreso y lagunas, Condiciones de vida, Ideología, república y franquismo, Geoestrategia y Desigualdad de género.

Pero si analizamos en profundidad el código legislativo que se aplicará en la secundaria, la Ley afirma que el conocimiento de la historia “dispone a la juventud en situación de actuar ya en el presente para garantizar la sostenibilidad del planeta y el bienestar de la humanidad en el futuro”. Más adelante podemos leer que “El pensamiento histórico se define como el proceso por el que se crean narrativas sobre el pasado a través de la reflexión sobre su relevancia, el análisis de fuentes, la discusión sobre las causas y consecuencias de estos acontecimientos”. Esta cuestión de la historia como “narrativa” (paradigma básico del enfoque posmoderno) deja a los historiadores como una mezcla entre novelistas y cuentistas.

En otro párrafo se puede leer: “Supone, por tanto, el reconocimiento de la memoria democrática y el análisis de los distintos momentos históricos que la conforman, en especial, la pérdida de las libertades y derechos tras el golpe de Estado del 1936, así como la visibilización de la aportación de las mujeres, que han marcado, a través de su compromiso y acción pacífica, gran parte de los avances y logros del estado social y de derecho que hoy disfrutamos”. Esta visión de la mujer como el sujeto pacífico que hace mover la rueda de la historia se combina con otras prerrogativas sobre la superioridad de la Constitución, llamando a la “gestión pacífica de los conflictos”.

Más adelante se nos insta a comprender “la realidad multicultural en la que vivimos, conociendo y difundiendo la historia y cultura de las minorías étnicas presentes en nuestro país y valorando la aportación de los movimientos en defensa de la igualdad y la inclusión, para reducir estereotipos, evitar cualquier tipo de discriminación y violencia, y reconocer la riqueza de la diversidad”. Un dato curioso es que en el texto se nombran muchos vocablos como inclusividad y demás, pero no se menciona el concepto de integración.

A continuación se puede leer que “teniendo en cuenta que el bienestar colectivo depende también de nuestras aportaciones individuales”, pero ¿en qué quedamos: o lo sacrificamos todos por nuestras ideas y percepciones individuales o aportamos a la sociedad y nos reconocemos como parte de ella?.

El resumen del compendio para secundaria lo leemos en el apartado de saberes básicos: “Diversidad social, etnocultural y de género. Migraciones, multiculturalidad y mestizaje en sociedades abiertas. Historia y reconocimiento del pueblo gitano y otras minorías étnicas de nuestro país. Nuevas formas de identificación cultural”.

En lo referente al bachillerato se mantiene la tónica general, e incluso de forma más explícita. Veamos: “[El alumnado] precisa combinar el estudio histórico con las aportaciones de disciplinas como son, entre otras, la antropología, la psicología social, las ciencias políticas o la sociología”. Historia sin fechas, historia sin hechos… De esta forma la historia deja de ser una ciencia que trataría de esclarecer lo que sucedió en el pasado y de descubrir las leyes que rigen la sociedad humana. Lo que se pretende es el estudio del pasado como una suma de “narrativas” o “interpretaciones”, alejándose peligrosamente de la realidad.

Como ya dijimos las modificaciones son escasas, elaborando como en secundaria una auténtica oda al Estado: “generando en el alumnado una perspectiva que le lleve a valorar la progresiva ampliación de los derechos laborales y sociales, la inclusión de las minorías y la cohesión de una sociedad múltiple y diversa., combatiendo todo tipo de discriminación.”. Esto sumado a los rezos a la Constitución, sumado a una miscelánea europeísta aderezada con abundancia por la Agenda 2030.

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