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Hispanidad, puente entre naciones

Para desgracia de nuestros amigos “negrolegendarios”; apátridas y demás revisionistas históricos, el pasado es el que es, no puede ser cambiado ni alterado. Y mal que les pese, fuera como fuese la conquista española de las Américas, esta nos ha dejado un regalo valiosísimo que estamos desaprovechando enormemente: la Hispanidad.

Desde hace un tiempo ha venido haciéndose más palpable en la política nacional una especie de complejo a la hora de hablar de ciertos temas sobre los que supuestamente nosotros, como españoles y europeos, debemos avergonzarnos y pedir perdón. Sobre el que más recae esta cruz es sobre la Hispanidad, su historia y su papel en la actualidad.

 

A cualquiera de los lectores le sonará aquello de la leyenda negra española. Un relato sobre la conquista por parte de la corona española del Nuevo Mundo (el continente americano) plagado de sangre, exterminio y genocidio de los pueblos originales que allí vivían. Una visión construida por historiógrafos anglosajones, ¿Paradójico verdad? Es bien sabido que la dominación colonial de Gran Bretaña, que duró más que la española, fue un paseo de rosas y un paraíso terrenal para los colonizados (sic).

Todo este relato, por supuesto, está basado en medias verdades, visiones sesgadas y parciales, con un interés totalmente alejado de cualquier análisis material que se acerque siquiera a la completa y compleja realidad de la dominación colonial española en América. Ni los españoles cometieron genocidio indiscriminado, ni las tribus de allí vivían en el mundo de la piruleta antes de la llegada de Colón. Las guerras sangrientas, sacrificios religiosos y demás barbaridades propias de un régimen social anacrónico eran el pan de cada día para incas, mayas y demás pueblos amerindios. Los conquistadores españoles supieron aprovechar sus contradicciones internas a la perfección, entablando todo tipo de relaciones con ellos, siempre que les fuera favorable. De hecho, creer que se puede construir un imperio como lo fue el español sin la complicidad, apoyo, y cierta indiferencia “positiva” de los colonizados es, cuanto menos, tremendamente ingenuo.

 

Para desgracia de nuestros amigos “negrolegendarios”; apátridas y demás revisionistas históricos, el pasado es el que es, no puede ser cambiado ni alterado. Y mal que les pese, fuera como fuese la conquista española de las Américas, esta nos ha dejado un regalo valiosísimo que estamos desaprovechando enormemente: la Hispanidad.

La Hispanidad tiene un origen material claro: la dominación del imperio español. ¿Es esto malo per se? No. ¿Es positivo entonces? Tampoco. Es lo que tuvo que ser. Juzgar con la visión y la moral del presente un hecho de hace 500 años es profundamente antidialéctico y enemigo acérrimo de la veracidad histórica.

Ahora bien, está en nuestra mano aprovechar aquello de progreso que ha quedado. De esa dominación colonial perduran elementos culturales y psicológicos comunes que unen a los españoles con los latinoamericanos. La historia compartida desde la colonización a finales del siglo XV ha transmitido cierta homogeneidad de valores sociales, creencias religiosas, cultura y, por supuesto, una misma lengua. Todos estos factores propician un desarrollo fuerte de las relaciones entre España y América Latina.

 

El error que se comete con la Hispanidad y su reivindicación es pensar que, como es fruto del dominio colonial, sigue siendo “opresor” aquello que ha perdurado en el tiempo. Como si todos los países latinoamericanos siguiesen sometidos y dominados por los españoles (la burguesía española es, por supuesto, la excepción). Nada más lejos de la realidad.

La Hispanidad es un puente entre pueblos y naciones, es una oportunidad histórica para construir lazos de unión y amistad. Pocas naciones tienen una oportunidad así. La Hispanidad que se debe reivindicar tiene que caracterizarse por una visión internacionalista de la unión libre y voluntaria de las naciones. Tiene que servir para estrechar lazos de cooperación y desarrollo mutuo, donde ningún país prime sobre otro. No se puede volver al Imperio español.

Esta visión choca frontalmente, por un lado, con el nacionalismo endogámico, en tanto que busca romper España por privilegios territoriales, y, por otro lado con el cosmopolitismo, el cual niega directamente la existencia de la propia España. El cosmopolitismo busca barrer, como ya ha hecho el mercado internacional al cual sirve, con toda frontera e identidad nacional. Pisoteando a pueblos, naciones y todo lo que se le ponga por delante. Bajo la lógica del capital, el cosmopolitismo siempre se orienta en busca del máximo beneficio.

 

Es materialmente imposible construir un marco de cooperación libre entre pueblos, si constantemente se pisotea la soberanía nacional de los países, se destruye el tejido productivo que da de comer a quienes construyen la patria y se somete a los trabajadores a la más brutal explotación capitalista por parte de monopolios capitalistas nacionales y extranjeros, verdaderos enemigos de las naciones.

 

España (y los españoles) no debe pedir perdón por su pasado, no vale de nada avergonzarse, ni tan poco hay motivos para ello, como tampoco para celebrar. No podemos barrer el pasado del imperio español, pero sí que podemos luchar por la soberanía de nuestra patria. Que eso nos de la capacidad de acabar con los monopolios españoles que explotan, no solo al pueblo español, sino a gran parte del pueblo trabajador latinoamericano.

Las empresas españolas del Ibex-35 son las principales inversoras europeas y las segundas a nivel mundial en Latinoamérica, solo por detrás de EE. UU. El 96% de la inversión española en Latinoamérica (índice IED, OCDE, 2019) procede de seis grandes multinacionales: Telefónica, Repsol, Santander, BBVA, Endesa e Iberdrola.

 

Es un deber histórico para con nuestra patria y el resto de países, que sufren la dominación imperialista de la burguesía española, acabar con ellos. Ese es el justo sentido internacionalista del patriotismo revolucionario, que poco o nada tiene que ver con el nacionalismo, tanto concéntrico como excéntrico. Elevar la patria obrera a su mejor versión, a su versión libre y soberana, y que esta nos sirva para ayudar al resto de naciones hermanas a luchar por su emancipación. Por eso debemos reivindicar una España con honra, por eso hay que defender que la Hispanidad, al igual que muchas otras cuestiones regaladas por el pasado, es una herramienta maravillosa para que, bajo una óptica internacionalista y proletaria, sirva de puente y de enlace para construir la cultura internacional del progreso y del trabajo.

 

-J de Acero.

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