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Lomo con pimientos

Podría estar sucediendo en cualquier parte. Ahora mismo, mientras arremeto contra el teclado, y se queja éste, tac, tac, tac, tac. Pongamos que lo hace en Extremadura. En un pueblecito de esos de casas bajas, muchas de ellas aún de adobe, levantadas alrededor de una iglesia del siglo XII cuyo valor artístico no parece interesar a nadie.

Podría estar sucediendo en cualquier parte. Ahora mismo, mientras arremeto contra el teclado, y se queja éste, tac, tac, tac, tac. Pongamos que lo hace en Extremadura. En un pueblecito de esos de casas bajas, muchas de ellas aún de adobe, levantadas alrededor de una iglesia del siglo XII cuyo valor artístico no parece interesar a nadie.

Apenas amanece, pero ya puede sentirse ese calor tan característico, que trata de aplastarte. Un hombre de unos cincuenta años, mal afeitado, desayuna café con magdalenas sentado en una mesita en la cocina de su casa. En silencio. Lleva un mono gris y botas de goma. Frente a él, una mujer agrega par de filetes de lomo, junto a unos pimientos, sobre una sartén. Se podría llamar de cualquier forma, pero supongamos que se llama Pedro.

 

Alguien toca el claxon, en la calle. Pedro engulle el último bocado de magdalena y apura el último sorbo de café, que utiliza para ayudarse a tragar mejor. La mujer abre media barra de pan para introducir en ella el lomo, junto a los pimientos. Luego deja escurrir la salsa que han soltado sobre la tapa del bocadillo. Lo envuelve bien en papel de aluminio y lo mete en una bolsa de plástico, junto a una botella de agua de litro y medio. Muy fría. Cuando se da la vuelta, Pedro está de pie, junto a la puerta. Ella le extiende la bolsa.

—No le des más vueltas a la cabeza, Pedro – le dice –. Ya veremos cómo lo hacemos.

Él se acerca hasta la mujer y recoge la bolsa, tras lo que le da un beso en la mejilla. Aprieta los dientes.

—La niña estudia – le susurra –. Por mis cojones, Carmen.

A media mañana hacen la pausa para el almuerzo. A comer suelen ir a casa, a no ser que haya mucha faena. El calor se vuelve insoportable por momentos. Sofocante. Pedro desata el nudo de la bolsa sentado a la sombra de una encina, junto a quien le había pasado a recoger por la mañana. Le llamaremos Manolo.

—¿Qué te puesto la parienta? – pregunta Manolo.

—Lomo con pimientos – responde Pedro, sin demasiado entusiasmo.

—Yo tengo tortilla de patata. ¿Medio y medio?

Pedro arruga el rostro. Luego asiente. Parte el bocadillo a la mitad aproximadamente mientras ve pasear a los cerdos. Ambos intercambian mitades. Pedro comienza por el de tortilla. Le da un gran mordisco, que mastica no sin dificultad, con la boca entreabierta.

—¿Cómo era eso que quería estudiar tu chiquilla? – pregunta Manolo, por hablar de algo. Su amigo jamás había sido muy hablador.

—Químicas – responde.

—Anda… Se me hace complicao, pero es buena estudiante. ¿Dónde tie’ qu’ir?

—A Salamanca, dice – responde tras hacer un esfuerzo por tragar –. Allí le vie’ mejor, por lo visto.

—Bueno, eso ellos lo sabrán mejor que nosotros – responde Manolo, sonriendo.

Los dos amigos se terminan el resto de la primera mitad del bocadillo en silencio. Pedro da un trago largo de agua, tibia, tras lo que exhala con intensidad. Mientras le retira el envoltorio a su parte de lomo, manolo rompe el silencio de nuevo.

—¿Qué te parece lo que ha dicho el Ministro? – le pregunta, con interés.

Pedro mastica la comida pausadamente. Una vez termina de tragar, pregunta.

—¿Cuál de todos?

—Ese que era comunista – responde Manolo, riéndose.

—A saber – dice Pedro, con desprecio –. Ese es fato perdido.

—Pues que no tenemos que comer carne – añade Manolo, con tono burlón –. Que es malo lo mismo pa’l ecologismo que pa’ las personas – hace una pequeña pausa dramática –. ¿Qué te parece?

Pedro suspira. Le da otro mordisco a su bocadillo, y mastica sin prisa por responder, mientras mira hacia los cerdos, que se alejan. Despreocupados. Traga, ayudándose de un sorbo de agua, que se le hace áspero.

—¿Que qué me parece? – enfatiza Pedro, indignado –. Que me cago en su puta madre, Manolo – hace una pequeña pausa. Suspira –. Eso me parece.

Adrián Florentino Sinesio

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