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Niño, ¡otra ronda!

Acerca de aquellos adalides de la nueva inquisición, que ocupan a la vez posiciones de verdugo y de víctima.

Cada vez me encuentro con más frecuencia con un chavalito muy particular. Lo mismo en redes sociales que en diversos medios de comunicación, algunos de ellos pagados con el dinero de nuestros impuestos. Se trata de un muchacho joven. Barbilampiño. Se ve a la legua que hasta hace cuatro días cruzaba la calle cogido de la mano de su mamá. Y que, aún hoy en día, tiene que pedir permiso para levantarse si le entran ganas de ir al baño, por estar en clase. Adalid de la nueva inquisición, cuenta con una capacidad admirable para victimizarse. Ocupando generalmente posiciones de verdugo, su ejército de acólitos, siempre enfurecidos, muchas veces analfabetos, le defienden hasta la muerte sin pararse a pensar en lo que están haciendo ni por un momento.

Recientemente han saltado varias alarmas ante ciertos personajes y personajas públicos. Más o menos jóvenes. Más o menos ricos. El por qué es muy sencillito. Parece que se ha puesto de moda hacer alarde de poder adquisitivo, escudándose en frases como “se puede ser rico y de izquierdas”, entre las moderadas. Aunque muchas otras han sido más desafiantes y vanidosas. “Yo me como estos manjares, y tengo este coche y esta mansión. Y tú no. Pero yo soy más de izquierdas, por lo que soy moralmente superior a ti”. Cosas por el estilo.

No es difícil imaginar por qué los ánimos se caldearon tan rápidamente. En España estamos viviendo momentos muy complicados. Y los que están por venir. La crisis sanitaria, los confinamientos con sus respectivas pérdidas de poder adquisitivo, los despidos, los ERTEs, en fin… Que la cosa está caliente y la clase trabajadora tiene los nervios a flor de piel y no está para tolerar que un niñato con ínfulas le explique lo que es ser de izquierdas mientras se aprieta una ración de gambas en un restaurante de lujo. Y esto explotó, como se veía venir. Lo que me parece más significativo de todo este circo no es lo sucedido en sí, sino más bien que no se olvida. Me da la sensación de que ambas partes siguen enciscadas en una batalla tan ridícula como irrelevante. Escocidos. Continúan las provocaciones, los alegatos, los descréditos, las justificaciones. En fin. España, ¿qué le voy a contar?

Total, que estando yo en un descanso en el trabajo, después de comer, he visto un nuevo artículo del influencer en cuestión. De modo que decidí leerlo. Suelo hacerlo. La mayor parte vacíos, no son sino un ladrillo más con que edificar ese aparente muro de ignorancia tras el que se resguarda de toda crítica. Pero éste ha sido diferente. Al menos esa es la sensación que me ha dado. Vuelve, de nuevo, a la carga.

A culpar a los ofendidos ante su soberbia de no haber entendido el mensaje. De no haber roto con sus raíces culturales, conservadoras y erradas, por supuesto. No como las suyas. “Pues me voy de vacaciones aquí y allá. Y me como esto y aquello. Y tengo esto y esto otro, mire usted. Porque estoy en mi derecho y la vida está para disfrutarla. Deje de lado la moral cristiana y salga más de casa”. Sin entrar en detalles sobre la falacia, me hizo reflexionar varias cosas. ¿Qué hacen otros chavales de su edad? ¿Está justificado su comportamiento ante nuestras raíces judeo-cristianas? ¿Y ante la izquierda, digamos, ante el marxismo, por ejemplo?

Ha llovido mucho desde que terminé mis estudios. Lo digo con conocimiento de causa, pues llevé a cabo mi tesis doctoral en Santander. Pero aún así atesoro con cariño los recuerdos de mis veranos, siendo estudiante. Estudié en Salamanca, con mucho esfuerzo, tanto personal como familiar. En vacaciones escolares (navidad, Semana Santa, verano, etc), al igual que todos mis amigos, lo que hacía era ir a casa. Para estar con mi familia. Y para arrimar el hombro. No había de otra, aunque lo habría hecho igual de tener alternativa. No soy de escurrir el bulto. Alguna vez fui a echarle una mano a mi padre, albañil de profesión. Aunque es un oficio que no me gustaba demasiado. Por eso, de poder elegir, solía ir a ayudar a mi abuelo al campo. A cambiar la lluvia, que le dicen en mi tierra.

Esto viene a significar a mover los tubos de un lado a otro para alternar el riego. Cultivábamos alfalfa, sobre todo. Para el que no lo sepa, se riega en la noche, de modo que también le acompañaba, a él o a mi padre, a encender y apagar el riego. A media noche un viaje. Al amanecer, el siguiente. Desde bien pequeñito. Vacaciones muy diferentes a andar de acá para allá. De hotel en hotel. De país en país. Comiendo judías verdes y huevos fritos, en lugar de filet mignon. Efectivamente, este chaval es un privilegiado. No creo que nadie a estas alturas de la película le quepa la menor duda.

Esa es mi experiencia personal, y la de tantos otros que se verán identificados al leer estas líneas, pero, ¿acaso él tiene la culpa de tener medios? ¿De haber nacido en el seno de una familia de alto poder adquisitivo? Obviamente no. A cada cuál le toca lo que le toca. Entonces, ¿por qué está todo el mundo tan enfadado con estos personajes? ¿No es lícito que hagan lo que quieran con su dinero?

Para responder a estas preguntas, lo primero que se puede hacer es plantearlo como lo haría una señora de Arkansas en una película americana, es decir, ¿qué pensaría Jesús? En el Eclesiastés se muestra a modo de parábola cómo dos hermanos le preguntan a Cristo qué hacer para resolver sus diferencias con respecto a la herencia de su padre. Sin entrar en detalles, lo que hizo Jesús fue sencillo. Sin responder de manera directa, sino que, valiéndose de metáforas para elevarse a un nivel de moral superior, les viene a decir que sus problemas son inmorales, pues no buscan la equidad o la justicia, sino satisfacer su propia codicia.

La vanidad les guía. Al igual que a este chico y sus colegas, efectivamente. Y este orgullo, esta soberbia que se proyecta desde sus afirmaciones, donde muestran su poder económico y moral “superiores” según ellos mismos, es lo que condena el cristianismo. Y tal vez influida por éste, la sociedad española. Lo siento mucho, amigo, pero por mucho que lo repitas en todos esos medios a tu servicio, a nadie le gusta que le restriegues tu dinero tras haber pedido su trabajo, o ve cómo el vecino es desahuciado, o hace números imposibles para tratar de calcular cómo va a mantener a sus hijos estudiando. Un problema fundamental es que lo que para ti es básico, para casi todo el mundo es un lujo. Y hasta que no comprendas eso no podrás avanzar.

Alcanzado este punto, puedo imaginarme lo que estará pensando el lector medio. Pero, Sinesio, ¿qué me estás contando de Cristo? Si, mientras leía, han salido tres polillas volando de la pantalla y he tenido que abrir las ventanas porque me huele a cerrado y a incienso. Y lo entiendo. Pero quería contestar a ese punto de esa manera. El que entendió, entendió. También me imagino lo que pensará más de uno: “pero cada cual que se gaste su dinero como quiera”. Desde luego. Y para eso, contamos con un experto. Vamos a ver qué opina Marx al respecto.

El comunismo está a favor del consumo de bienes individuales (o como cada uno los llame, en función de la traducción que se maneje). Hasta ahí todos de acuerdo. De hecho, una de las citas más famosas de Marx (he visto hasta memes) dice lo siguiente: “El comunismo no priva al hombre de apropiarse del fruto de su trabajo”. En base a esta cita, la cuestión sería, ¿de dónde ha salido ese dinero? Esos cócteles, esas gambas, esos hoteles… ¿quién afloja la gallina? ¿El fruto de su trabajo? ¿Cómo? Si no ha terminado los estudios y lo único que sabe sobre trabajar ha sido de oídas, porque se lo contó un amigo suyo que, al darse cuenta de que aquello no iba con él, se afilió a Podemos para ver si así podía evitarse doblar la espalda. ¿A ver si es que ese poder adquisitivo viene de herencias fruto de plusvalías y explotación del hombre por el hombre? No sé, no sé. Algo me huele a podrido en Dinamarca. O dónde sea.

Amigo, tienes la sociedad en contra. A Marx. Incluso al mismo Jesucristo. Y todo eso sin apenas haber aprendido a volver solo a casa. De modo que permíteme la osadía de darte algún consejo. El primero, termina tus estudios. Procura fijarte bien en cómo viven tus compañeros. Así seguramente dejarás de ser tan vanidoso. Serás más humilde y menos ostentoso. Luego búscate un trabajo. Uno de esos de verdad, de los que son productivos para la sociedad. No un chiringuito ¿eh? Que nos conocemos. Así tendrás contento a Marx. Luego deja a un lado la soberbia. No presumas de aquello que tienes, pues hay quien pasa necesidad. De ese modo tendrás contenta a la sociedad judeo-cristiana que tanto te aflige. Y al mismo Cristo, ¿por qué no decirlo?

Para finalizar, una última cosa. De corte personal. Deja ya de hacer el mamarracho y devuélvele a tu abuela los vestidos que le robaste del armario. En especial ese de lunares. Le gustaba mucho ponérselo, sobre todo los domingos. Precisamente, para ir a misa.

 

Adrián Florentino Sinesio

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