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No queremos ser inútiles

No queremos ser inútiles, por mucho que quieran hacerlo creer, sino tomar las riendas de nuestro futuro y ser plenamente humanos.

La historiografía y literatura anticomunista han intentado, desgraciadamente con éxito en varias ocasiones, vincular el ideal comunista al concepto de improductividad. No es inusual oír que los comunistas “no quieren trabajar”, que son “un puñado de vagos” y otros disparates. Y aunque, ciertamente, hay que reconocerles a estos anticomunistas su gran labor alienante, la verdad, como viene siendo costumbre al respecto, es otra. Y siempre sale a la luz.

No en vano, en la propia Constitución soviética de 1936 se recalcaba lo fundamental del trabajo y su responsabilidad para con la colectividad, y se aseguraba que todo obrero tuviera acceso a un puesto. Los trabajadores, y en particular los comunistas, no queremos ser inútiles.

La naturaleza humana

En La ideología alemana, Marx exponía que el trabajo era lo que nos diferenciaba, esencialmente, de las bestias, siendo éste el modo de vida particular del ser humano, y característica que define los modos de organización de nuestra especie: la sociedad.

“(…) los hombres mismos comienzan a ver la diferencia entre ellos y los animales tan pronto comienzan a producir sus medios de vida, paso este que se halla condicionado por su organización corpórea.

En el trabajo se inscriben las labores del hombre para su mantenimiento y el de su especie, la transformación del entorno, de la naturaleza y de sí mismo. Como más tarde señalaría en El Capital el hombre,

“(…) transforma su propia naturaleza, desarrollando las potencias que dormitan en él y sometiendo el juego de sus fuerzas a su propia disciplina.”

Pero el trabajo no contiene únicamente las labores de perpetuación del individuo y de la especie, sino aquellas tareas que desarrollan las potencias que dormitan en él. El arte como necesidad estética y creativa es, también, trabajo humano.

Esta es la verdadera naturaleza del ser, zoon politikon, ser social. Y como tal se ha ido manifestando en los distintos modos de producción hasta nuestros días, sometido a las relaciones de producción existentes, con las fuerzas productivas pertinentes. Las relaciones de producción del capitalismo se interponen entre el ser humano y su propia naturaleza.

El paro forzoso al que se ven empujadas amplias masas de la clase trabajadora restringe el acceso a una actividad que, ya dentro del propio capitalismo, es alienante. La sustracción del producto del trabajo humano atenta contra la esencia de nuestro ser sobre los pocos afortunados que pueden alquilar su fuerza de trabajo.

Por si no bastara, la economía orientada al beneficio privado supone un lastre en el desarrollo de las fuerzas productivas. Dicho de otro modo: podríamos estar produciendo más, mejor y de forma equitativa, pero ese modelo no eleva las ganancias de la clase dominante.

Hoy se produce en extremo desorden, con una entropía de mercado ascendente, con la masificación de la producción sólo siendo igualada, en ocasiones, por un frenesí consumista similar, pero que no alcanza siquiera a satisfacer las necesidades.

El trabajo en el socialismo

El capitalismo no va de satisfacer necesidades; va de acumular capital y obtener el máximo beneficio. Darle muerte, más allá de una cuestión humanista y moral, es cuestión de productividad y desarrollo de la civilización.

En los Fundamentos del Leninismo, Stalin detalla cómo debe enfrentarse un comunista a la labor revolucionaria y al trabajo dentro del Estado socialista. En sus propias palabras:

La unión del ímpetu revolucionario ruso al sentido práctico norteamericano: tal es la esencia del leninismo en el trabajo del Partido y del aparato del Estado.

El sentido práctico es la facultad para llevar a término lo empezado, para ser diligente con la labor encomendada. El ímpetu revolucionario es la fuerza que invita a salir de la rutina, la tradición y que alimenta el pensamiento. En otras palabras, el comunista debe ser diligente y vivaz. Muy alejadas estas cualidades de la vagancia a la que aluden los anticomunistas.

Hablar del trabajo para los comunistas trae a la actualidad al Héroe del Trabajo Socialista, Alekséi Stajanov, como ejemplo de productividad y sacrificio. Su actitud sirvió de chispa para motivar a la clase obrera soviética, fue la materialización de lo que es capaz de hacer un hombre en el trabajo cuando no le oprime la bota del burgués. El movimiento stajanovista mostró más voluntad de progreso que todos los capitalistas unidos, movidos sólo por el beneficio económico.

Los sábados comunistas, como jornadas de trabajo voluntario en los que cientos de miles de obreros acudían a trabajar, son otro ejemplo de que una clase que produce para sí misma no renuncia a la naturaleza productora del hombre. Cuando el trabajo no es alienado, cuando el fruto del trabajo es socializado, ir a trabajar deja de convertirse en un tormento.

Conquistando nuestro futuro

Hoy huimos del trabajo, nos refugiamos en el hogar, buscamos una escapatoria para lo que se ha convertido en la razón de nuestro tormento. Así lo afirmó Marx en sus Manuscritos de economía y filosofía, y así sigue vigente a día de hoy.

Queremos el fin del trabajo alienado. Que laborar no implique tedio y frustración. Queremos producir, pero producir para el progreso social, no para el enriquecimiento individual de unos pocos. Queremos trabajar, socialmente como nos corresponde, pero en propiedad también social de los instrumentos para el trabajo.

Queremos aprovechar las mejoras tecnológicas en su máxima extensión, actualmente algunas en desuso porque no son rentables. Queremos explorar nuevas vías de conocimiento, nuevas formas de producir, aquellas que bajo el capitalismo no pueden tener cabida, porque no son rentables.

No queremos ser inútiles, por mucho que quieran hacerlo creer, sino tomar las riendas de nuestro futuro y ser plenamente humanos.

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