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Prostitución: Ni trabajo, ni el más antiguo

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Es ampliamente conocida la afirmación de que la prostitución es el trabajo más antiguo del mundo. Una afirmación fácil de desmontar con el simple hecho de pensar que, para que alguien pague por dicho servicio, primero debe obtener el dinero de otra labor, y en el caso de que dicha labor fuera también la prostitución, ese otro cliente tendría que obtener el dinero de otro lado.Y así sucesivamente.

Si se opta por el razonamiento más teórico, habría que aludir a la explicación que Engels ofreció en el siglo XIX: la prostitución nace con la consolidación de la familia monógama y tras la aparición de la propiedad privada.

Sin embargo, y dada la incomodidad que ocasiona a algunos citar a un hombre blanco burgués decimonónico, toca buscar vestigios materiales que constaten, primero, la inherencia de la prostitución al orden establecido y, segundo, su longevidad como forma de violencia y exclusión hacia las mujeres.

Una forma de vida

Tal y como manifiesta Rachel Moran, la prostitución no es un trabajo, sino una forma de vida. Entendiéndolo como el modo en el que alguien se desarrolla en su día a día en la sociedad. O al margen de ella.

Siguiendo sus palabras, ante un trabajo, la persona puede evadirse al acabar su jornada, y es un tema de conversación nada fuera de lo común pues se desarrolla dentro de la sociedad. En el caso de la prostitución, la persona desarrolla su actividad, principalmente, de noche, lo que la separa del resto del mundo; tampoco hay una frontera entre dicha labor y la vida porque ambas esferas se mezclan y, con el paso del tiempo, las únicas relaciones que la prostituta acaba desarrollando son con otras personas dentro de ese mundo. La prostituta no puede hablar de la prostitución a espuertas porque, paradójicamente, sólo está a salvo en el contexto que la tiene prisionera. De forma irónica y grotesca, la misma sociedad que hace de la prostitución un negocio rentable —para algunos o algunas— es también la que condena a sus víctimas al desprecio y las antípodas del mundo.

Sobre su longevidad, puede hablarse de la hipocresía del burgués victoriano, que, en pleno auge del conservadurismo y escandalizado por los nuevos movimientos sociales, de día escupe en la cara de la prostituta sobre —o en— la que eyacula por la noche. Una prostituta que vive al margen de la sociedad, hacinada en burdeles de mala muerte y condenada a padecer todo tipo de enfermedades. En el mejor de los casos, su cadáver haría las delicias de cualquier pintor con ganas de polémica, como presuntamente habría hecho Caravaggio en la Muerte de la Virgen a principios del siglo XVII.

Es la dicotomía que Caravaggio plantea, la puta contra la santa, la que vertebra la cuestión de la prostitución en el transcurso de las sociedades.

De putas a esposas: O cómo el orden de Roma estaba entre las piernas de la mujer

En Roma la mujer podía ser dos cosas: esposa o puta. Las obligaciones de la primera eran claras: cuidar del hogar y dar una prole que heredase la propiedad del marido. Su existencia se reservaba al ámbito doméstico, primero como hija y después como esposa, pues la mujer debía permanecer pura.

Sobre la prostituta, primero hay que comprender que las relaciones extramaritales por parte del hombre, y más en concreto la prostitución, son inherentes a la familia monógama. Mientras, el único modo en el que una mujer podía ser promiscua sin ser castigada era ejerciendo la prostitución, pues la promiscuidad es inherente a dicha actividad.

Puede decirse que la prostituta gozaba de una cierta ambigüedad jurídica. No es que tuviera privilegios, ni mucho menos: a los ojos del romano, era indigna. Pero mientras la mujer «respetable» debía permanecer en casa, era común ver a la prostituta en espacios públicos y propiamente masculinos; los hombres más pudientes podían llevarla a lugares de reunión como las termas o ciertos círculos políticos.

El hombre romano repudiaba a la mujer culta, pues era más difícil de controlar, al llevar a la prostituta a esos círculos, daba fe de que ella era de su propiedad y que estaba allí porque él así lo deseaba. La hipocresía para con la prostitución se hizo patente en el Imperio. La pax trajo consigo el desasosiego de la juventud, que empezó a rechazar los valores tradicionales. Aquello impulsó una serie de medidas que hacían hincapié en el papel del matrimonio como base de la sociedad romana y, a su vez, se hizo hincapié en el valor de la prostitución. La prostitución constituía para muchos, como Catón, una labor social: el hombre desfogaba sus pasiones con la prostituta, lo que impedía que corrompiese la pudicitia de la mujer respetable y permitía que llegase pura al matrimonio. La prostitución cumplía con el deber de mantener el orden establecido.

La materialidad de la prostitución: El Lupanar de Pompeya

Si el Senado tenía la curia, las prostitutas tenían el lupanar. Lo que esos dos edificios tienen en común es el poder, el que se ejerce para con el pueblo romano y, en el segundo caso, el que se ejerce sobre las prostitutas. Hay que partir de que el hallazgo de las ciudades de Pompeya y Herculano a mediados del siglo XVIII supuso un nuevo mundo de posibilidades. Los trabajos en ambas ciudades aportaban respuestas, así como nuevas preguntas sobre ese tiempo pasado tan idealizado y sobre el que tantos han escrito y puesto sus ojos.

El interés, sin embargo, en hallar un burdel, no llega hasta la década de 1860. Lo que puede asumirse como el deseo de hallar en el pasado una conexión con una realidad de su presente. En aquel momento se determinaron hasta treinta y cinco posibles burdeles. Aunque sería a comienzos del siglo XX cuando se estipulasen las características que este establecimiento debía tener: «camas» de mampostería, grafitis que rezasen «He tenido sexo aquí» y pinturas de índole sexual. Con ellas en la mano, las posibilidades se reducían a una: el Lupanar de Pompeya.

A cinco minutos del foro, se trata de un edificio de dos pisos cuya función como burdel es respondida en el inferior. Sobre el superior, se plantea que albergase las viviendas de las prostitutas.

Brevemente, hay que señalar que responde a los tres criterios estipulados para estos establecimientos, así como se han hallado vagas referencias en la propia ciudad de Roma. En planta se insertan cinco habitaciones, de escueta ventilación e iluminación, y una letrina, construido con materiales de bajo coste, lo que, de nuevo, lo relaciona con lugares utilitarios o relacionados con el pueblo, como también serían las tabernas. Si uno piensa en un burdel actual, la imagen que llega a la mente no dista demasiado de la descrita: habitaciones pequeñas únicamente destinadas a brindar placer al cliente. Aparte, por supuesto, del traslado de la trama urbana a, tal y como se da en la actualidad, polígonos industriales, donde la masa obrera se reúne.

Ni trabajo, ni el más antiguo

La última afirmación es muy esclarecedora: al final, como para todo, existe un abismo entre clases sociales y la forma en que se ejerce y se consume la prostitución. En la Antigua Roma, los hombres más pudientes podían permitirse tener concubinas internas en sus domus, así que, al final, el recurso de la prostituta de burdel o de calle era propio de los hombres menos pudientes. Así mismo, la prostitución era principalmente practicada por mujeres esclavas y libres —en términos romanos—, de bajo estatus económico y social, precariedad que llevaba a alquilar su cuerpo. Del mismo modo, en el caso masculino, esa precariedad llevaba, principalmente, al proxenetismo.

En definitiva, la situación socioeconómica es determinante para la introducción de la mujer en la prostitución. Sin embargo, ¿cómo es posible que en dos mil años la infraestructura de la prostitución no haya cambiado? Para contestar esta pregunta hay que comprender que en la existencia humana cohabitan dos dimensiones: la biológica, donde está el acto sexual, y la social, donde está el trabajo. Con el paso del tiempo y la evolución de las sociedades, los medios de producción y las herramientas de trabajo han evolucionado. Desde el trabajo manual de la tierra hasta su mecanización, la labor del campo ha evolucionado con el desarrollo de las fuerzas productivas.

El sexo, como actividad natural, tiene como fin último la reproducción de la especie. El acto sexual, entendido como actividad social; como prostitución, no tiene ese fin y no tendría sentido que así fuese. Al pertenecer a una dimensión distinta que el trabajo, no puede esperarse que se den las evoluciones de las fuerzas productivas. Lo mismo ocurre con pretender hacer de la gestación un trabajo, una actividad que los vivíparos hacen y que no depende de las fuerzas productivas. Y a la luz de la posibilidad de fecundación in vitro, ¿qué necesidad hay de un vientre de alquiler?

Considerar el acto sexual un trabajo supone introducir en la dimensión social del ser humano un hecho biológico. El acto se supedita a la dimensión social, pero no es parte de ella. La prostitución no satisface ninguna necesidad, cosa que el trabajo sí. Como se ha dicho antes, el fin último del acto sexual es la reproducción de la especie, y en el caso de la prostitución, no tendría sentido que así fuese. En caso de que el placer sexual fuera una necesidad, habiendo juguetes y aparatos hechos para su obtención, ¿qué sentido tiene consumir un cuerpo ajeno?

Por otro lado, la relación comercial dada en ambos casos es diametralmente distinta: el trabajador alquila su fuerza de trabajo a cambio de un salario; la prostituta, por su parte, es el objeto de consumo. Supone la deshumanización de la mujer y su cosificación, así como la ratificación de su subordinación al hombre como poseedor de la propiedad y como varón.

El burdel no sería más que un mercado donde se compran y venden cuerpos femeninos, cuya existencia es posible porque ya hay una estructura socioeconómica que permite la producción y circulación de un dinero que invertir en esa infraestructura, a sabiendas de que será rentable.

La prostitución del siglo XXI no difiere de la dada en el siglo I d.C. porque no es un trabajo. Ésta, que habría sido consecuencia última de la primera división del trabajo y, que se habría reafirmado con la concepción de la familia monógama, supone la máxima representación de la violencia contra las mujeres.

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