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Twitter, WoW y el anillo de Giges

En Twitter hay de todo. Si miramos la “sociedad twittera”, pronto descubrimos que no se aleja mucho de la real, con una jerarquía basada en el número de seguidores. Como si de un juego de rol se tratase, tras la pantalla encontramos a personas que, en busca de atención, crean personajes a través de los que catalizan sus frustraciones vitales, alejándose cada vez más del mundo real.

Desde no hace mucho, uso redes sociales, y no deja de sorprenderme la fauna con que uno se va topando. Más o menos educados. Más o menos exaltados. Muchos comparten una característica común: la soberbia. Mira, no sé quién eres, pero yo es que soy mejor, y tú peor. Yo es que sé más y aporto más. Pero cuanto más se conversa más se descubre que en realidad ni son tan buenos, ni tan tolerantes, ni saben nada ni hacen otra cosa que teclear para alimentar su ego. Incluso establecen una especie de “sociedad de clases” virtual donde, faltaría más, los valores que más cotizan son los que ellos determinan. Así son superiores y tú inferior. A veces, tengo la sensación de que han olvidado que Twitter, en este caso, no es la vida real.

Yo comencé a usar Twitter cuando dejé de vivir en la residencia en que vivía. Porque me gusta conocer opiniones dispares y discutir de un modo fructífero. Menudo ingenuo. Luego resulta que no. Que no es así. La gente, por lo general, es violenta, vulgar y extremadamente autoritaria. Establecer una conversación educada, orientada al intercambio educado de ideas y el crecimiento personal es algo utópico, que rara vez sucede. Ya casi uno agradece las falacias, porque lo normal es verse insultado. Algo, por otro lado, terriblemente humano.

En Twitter hay de todo, mire usted, como en botica. Pero la sociedad twittera que yo en encontré estaba ya constituida de una forma muy concreta, similar a la sociedad real. En ella hay una élite que se siente por encima del resto. Y cuenta con su ejército de palmeros y ofendidos profesionales, como no podría ser de otra manera. Cada vez que se encuentran en un “apuro”, salen en su ayuda. Pero esta élite es, como digo, élite de Twitter. Tienen miles, incluso de cenas de miles, de seguidores. Muchos de ellos muy agresivos. Cuestionar cualquiera de sus opiniones te puede costar una tarde de móvil vibrando. Cierto. Pero se les olvida lo más importante, y es, precisamente, que eso es todo. Que la turba se sofoca ignorando las notificaciones, porque Twitter no es la vida real. Y hay quien es consciente de ello, y aprieta los puños fuertemente, con impotencia.

 

Como argumento contra mí, he llegado a leer “déjalo, no tiene ni 100 seguidores, su opinión no vale la pena”. Por seguidores miden la validez de las opiniones, la autoridad moral, como si hubieran creado una especie de “nobleza twittera” cuyo pensamiento tiene mayor validez por el mero hecho de haber sido expresadas por esta gente, aunque sean, en muchos casos, profundamente ignorantes en la materia en cuestión. Yo no sé cuanto vale mi opinión en esta red, pero sé cuánto vale fuera de ella. Yo soy una persona respetada y productiva para la sociedad. Soy investigador, experto en epigenética, y estoy al frente de una línea de investigación aplicada a enfermedades infantiles en un instituto de élite. Y en mis ratos libres me continúo formando. Leo mucho, escribo poesía, cuento, novela, milito, entreno. En otras palabras, no soy un ilustrado de Twitter. Y esto a más de uno le hace apretar los dientes, pero es lo que hay, querido. Así es la vida.

Discutiendo sobre esta red y lo tóxica que es con un amigo, hace un par de días, llegamos a la conclusión de que Twitter parece haber absorbido las funciones que hace años tenían ciertos juegos de rol, como el World of Warcraft (WoW). Gente cuya vida es irrelevante y superflua, insatisfecha con ello, crea un personaje y comienza a catalizar sus ilusiones y frustraciones a través de un marco virtual, cada vez más y más alejado del mundo real. Porque en el mundo real no son nada, vagos analfabetos que no saben gestionar sus emociones ni de esforzarse lo más mínimo para progresar en la vida. Pero en Twitter, ojo, tengo más de quince mil seguidores, y con seguir las modas y no decir nada que desentone demasiado tengo casito y cariñito, y eso me basta. Puedo ser la élite. Y quienes no son la cúspide, sino la base, también tienen su estrategia, mire usted. Se han calzado el anillo de Giges en el anular y ahí lo llevan. Con su perfil anónimo, foto falsa y apodo ridículo, repartiendo justicia e insultos por doquier. Amenazando al personal. Acosando y cancelando, muy embravecidos desde el anonimato y la impunidad que el anillo les confiere. En la vida real la cosa cambia claro. Pusilánimes y cobardes, respiran despacito, no vaya a ser que molesten a alguien con su aliento.

Pero fíjense que, pese a todo, soy un tipo optimista. Yo creo que de todo se sale. Que de todo se aprende. Que con esfuerzo, trabajo y determinación, todos ellos pueden ser capaces de sacarse el anillo del dedo, apagar el móvil y enfrentarse a la vida, como valientes. Y tal vez de ese modo seamos capaces, entre todos, de cambiar las cosas.

Adrián Florentino Sinesio

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